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Hoy la niebla no levanta en esta ciudad,
gris,
 como mis pensamientos.
Estoy convencida de que tras ella
las nubes son negras.
El viento anuncia tormenta.

Todo:
los suspiros en mi garganta,
los arañazos en mi espalda,
el sudor empañando las ventanas,
el teléfono sonando -enmudeciendo al propio silencio-
me recuerdan que ya no estás.
Que ya no eres.

Estalla la tormenta.
Entre mis dedos y ahí afuera.

Suena esa canción.

Maldita sea(s)...
ojalá estuvieras aquí,
luchando contra el agua que gotea por mi cuerpo
con tu lengua como única arma. 

 

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¿Que sube el paro? Pues yo me paro en tu sonrisa.
Todavía pienso que las púas de guitarra deberían ser moneda de cambio.
Todos los días pienso en escribir una canción feliz que no hable de amor, y los días que lo hago me la canto a mi misma en voz baja...y que le den al resto del mundo.
Mi mente trabaja más rápido que mis dedos y se me ocurren frases que se esfuman tan rápido como los besos que (no) me debes.

Era Lunes, pero cualquiera podría haber dicho que era Sábado entre tus brazos.

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Quiero que vuelvas
a derretir inviernos sobre mi piel
cuando la temperatura suba
y temblemos al mirarnos.

Vuelve,
para soplarme sueños detrás de la oreja
cada madrugada
y beber esa cerveza que nunca nos prometimos.

Quizás también quieras volver
para probar los besos de debajo de la mesa,
dulces por la miel del desayuno.

O puede que quieras perderte en esa carretera
en la que deseé volver,
pero contigo.

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Click.
Segundo congelado.
Estoy harta de que el tiempo vuele cuando la que quiere volar en realidad soy yo.

Busco entre las nubes una respuesta y lo único que veo es amanecer un nuevo día.
Otra vez me han dado las seis pensando…

Voy a escribir(me) más y menos para tí.

La música suena por los auriculares:
canciones que hablan de desamores y lágrimas.
Busco una que deje hablar sólo a los instrumentos y sigo mirando el paisaje.

Me acerco a…a lo que sea, pero sé que me acerco.
Es una sensación nueva y quiero saborearla.

Mira, ¿ves eso?
es una sonrisa,
creo que es hora de darle la bienvenida.


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La felicidad no entiende de poesía:
no he leido un poema feliz que no fuera forzado.

Hablar del amor no es hablar de felicidad, por mucho que nos quieran engañar y hacernos creer que dependemos de otros para serlo.